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domingo, 31 de octubre de 2010

Mérida 2

Los dos días pasados en Mérida me han dejado una extraña impresión de la ciudad: la del vacio.
Cuando salí ayer a la calle, sin ser demasiado de mañana, todo aparecía cerrado. Comercios, cosa normal en día de fiesta, bares y cafeterias. Eso era mucho más extraño. Pese a lo festivo casi me costó encontrar un  local donde poder tomar el desayuno. En uno de los bares, recién abierto, pese a que eran las diez y media de la mañana, ni siquiera se había repartido el pan. Las calles, que ya el día anterior me habían parecido extrañamente vacías, ahora mostraban su aspecto más desolado. A nuestro parecer de ciudadanos andaluces, un dia de fiesta es un día de calles repletas de gente que pasea, toma café, compra el periódico, saca a la prole a precticar con patines y bicicletas o, simplemente, deambula sin rumbo fijo solo por el placer de hacerlo sin objetivo determinado.

En contraposición, Merída se me mostraba vacía. Incluso durante la visita al Anfiteatro o al Teatro Romano, la afluencia de turistas era relativamente escasa. Solo un grupo organizado alteraba el majestuoso silencio que envuelve esas magníficas ruinas.

El anfiteatro no llamó tanto mi atención, aún reconociendo su valor, como el Teatro. Supongo que en ello tiene mucho que decir mi predilección por el arte de Thalía. Cuando llegamos al anfiteatro apenas diez personas pasearían entre sus piedras. Me costó visualizar a gladiadores y fieras defendiendo sus vidas a costa de las de sus oponentes. En realidad lo que podemos ver no es más que el esqueleto de lo que fué. Admiramos su distribución, lo monumental de su construcción, lo inteligente de su diseño o lo avanzado de su arquitectura, pero es dificil imaginar su magnificencia. Sobre todo cuando se nos presenta así, despojado de su oropel. sin mármoles cubriendo el granito, pinturas decorando sus estucos, esculturas ocupando hornacinas y pedestales o relieves y frisos realzando frontones.

Solo se atisba algo de ese esplendor al visitar el Museo de Arte Romano. Es como cuando ves una película en tres dimensiones. Al superponer las imágenes surge una tercera con relieve y profundidad. De igual menera al superponer lo que puede contemplarse en el Museo con lo visto en las ruinas, aparece la visión, solo insinuada pero nítida, de lo que pudo ser ese edificio en su apogeo.

Con el Teatro me sucedió algo distinto. Accedemos a las gradas por una de las entradas que llevaban desde el exterior hasta la parte superior de la "ima cavea". Debo decir que este graderío esta distribuido en tres zonas: la "ima cavea" , compuesta por veinte gradas cercanas al foso, la "media Cavea" formada por cinco gradas en la zona media y la "summa Cavea" que son otras cinco gradas en lo que se podría llamar gallinero, en todo lo alto.

Nada más entrar me asaltó el sonido de un fandango. Si, insólito, lo se, pero auténtico. Sin embargo lo primero que llamó mi atención fué lo limpio de ese sonido. Y no me estoy reifriendo a la forma de cantar de la interprete, pues mujer era, y que no me impresionó especialmente, sino más bién a la sensación de que podía estar usando algún tipo de megafonía. De hecho, durante un par de segundos, observé atentamente a la cantaora intentando dilucidar si tenía delante de si el pié de un micrófono o no. Y no. No disponía de medio técnico alguno para amplificar su voz. Solo era el resultado de una disposícíón arquitectónica tan exquisita con la voz que esta se transmitía casi sin esfuerzo hasta las últimas gradas de la "summa cavea".

Este primer encuentro con la calidad acústica del teatro predispuso mi ánimo, por si no lo estaba suficiente, a rendirme incondicionalmente a ese sagrado espacio teatral. Su perfecta disposición para permitir la visión del espectáculo desde cualquier ángulo. Su ya mencionada calidad acústica que facilitaba la audición del texto sin un excesivo trabajo de voz actoral y ¡como no! lo maravilloso del propio espacio. Grandioso, majestuoso, exquisito, refinado. Todos los adjetivos se me quedan pequeños ante semejante arquitectura.

¿Amaban los romanos el teatro? Yo diría que, cuando menos, lo valoraban en gran medida. Si no fuera así no hay forma de comprender semejante cuidado con el entorno en que se desarrolla, aunque para sus emperadores solo significase un medio de hacerse propaganda. ¿Quién dice que hemos evolucionado?

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