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lunes, 7 de septiembre de 2015

De Riveira (Coruña) a Sines (Portugal) (1)

Siempre he pensado, desde que me convertí en patrón del Quimura, que el dios Poseidón me estaba ayudando a adaptarme a su mundo acuático colocándome obstáculos o retos que me obligaban a aprender, a marchas forzadas, todo aquello que otros habían experimentado a través del tiempo dedicado a vivir en sus dominios. Me parece un sistema algo duro, e incluso arriesgado, aunque bastante eficaz. Sin embargo yo sentía que me faltaba alguna lección, intensa como las demás pero de corte algo mas amable. Y, mira por donde, pareciera que mis sensaciones hubieran llegado a la mente divina y se hubiese dignado regalarme un fantástico curso: Navegar desde Riveira, un pueblo en la Ria de Arousa, la Coruña, hasta Sines otro pueblecito situado en la costa portuguesa y última marina acondicionada previa al cabo de San Vicente. 

Todo comenzó cuando mi maestro, y amigo, Pepón, de quién ya he hablado en otras entradas, me llamó para decirme que un conocido suyo se había comprado un barco en el mencionado pueblo gallego y que quería bajarlo hacia la costa sur española para lo que había solicitado su ayuda. El le había respondido afirmativamente pero con la condición de elegir él la tripulación, motivo por el que me telefoneaba. 



Enorme fue mi sorpresa pues me sigo considerando un aprendiz novato pero él me repitió que estaba suficientemente formado para la aventura, que la experiencia me enseñaría muchísimo más y lo más importante, según el, quería personas en las que se pudiese confiar y con quién fuera fácil convivir. Ante esas razones, y con el beneplácito de mi Almiranta, me uní al proyecto. La tripulación estaba formada, ademas de por mi, por el propietario, Paco; por el que iba en puesto de capitán, Pepón y por la que ocupaba el de primer oficial, Susana. Al que menos conocía era al comprador con quién había navegado solo en la regata de Al Hucemas. 

Así, el domingo 23 de agosto, me recogieron en una furgoneta alquilada y llena de equipaje hasta mas no poder pues el Capi había cargado material de seguridad, repuestos, herramientas, balsa salvavidas, maquinaria variada como amoladora, taladradora, remachadora, toldilla para el sol y no se cuantas cosas mas, que no creo interesante describir, para iniciar nuestro viaje hasta tierras gallegas. Cerca de mil doscientos kilómetros que nos tuvieron encerrados en el vehículo desde las siete de la mañana hasta las nueve y media de la noche, eso si, con las paradas necesarias para alimentarnos o procurarnos descanso, sobre todo a Pepón conductor oficial, y único, de todo el trayecto. 


Galicia nos recibió haciendo honor a su fama: cielo cubierto, fresca temperatura y lluvia. A pesar de ello, con espíritu animoso, nos enfrentamos a la faena de descargar el coche y subirlo al barco, un velero de 34 pies con capacidad suficiente de estiba para acoger todo lo que llevábamos y permitirnos estar cómodos. 


Tras una cena, de la que recuerdo sobre todo unos mejillones exquisitos que me supieron a gloria, pasamos nuestra primera noche a bordo cansados pero alegres: al día siguiente nos enfrentaríamos a algunas reparaciones y trámites que podrían durar un par de días tras los que zarparíamos hacia nuestro destino. 

La mañana nos halló con fuerzas renovadas y dispuestos a la tarea. El eje del día era arreglar la hélice para lo que ya se había hablado con el operario del travelift con idea de sacarlo sobre las doce de la mañana e intentar resolver, si estaba en nuestra mano, el problema y devolver cuanto antes el barco al agua. Hasta la hora acordada nos dedicamos a trabajos de limpieza del barco, organización de la estiba, y comprobación del funcionamiento de los equipos. El GPS, por ejemplo,  funcionaba pero tenía algún problema con la retroiluminación de forma que la pantalla no se veía prácticamente. Lo intentó reparar Pepón pero sin resultado. Tendremos que usar el GPS manual que ha traído. A la hora acordada llevamos el barco hasta el travelift y lo varamos sin mas complicaciones. 


El patrón había conseguido dos palas de hélice para sustituir a las que llevaba instaladas el Cronos, nombre del barco. Eran palas del tipo plegable y el problema estaba en el deterioro del engranaje central así como de los pernos que las sujetaban al cuerpo central. Para nuestra sorpresa el trabajo se realizó sin problemas: los tornillos salieron muy fácilmente así como los pasadores e instalamos las que llevábamos a toda velocidad aunque dándonos cuenta de que eran algo mas pequeñas que las retiradas. 
Mientras tanto el patrón había recibido la visita del perito del seguro que iba a contratar y estuvo  acompañándolo todo el tiempo hasta devolver el casco a la mar. Evidentemente realizamos en la ría de Arousa unas pruebas para ver como se comportaba la nueva propulsora sin detectar mas que, quizá, algo menos de velocidad. Nada que preocupar. 
Por la tarde Paco, el patrón, subió dos veces al palo para instalar el Windex, al que hubo que proporcionar una nueva superficie de apoyo porque no existía sitio donde colocarlo, y para fijar la antena de radio como es debido ya que solo tenía un tornillo de sujeción. 
Lo complicado era trabajar en el exterior pues la lluvia lo impedía y teníamos que aprovechar todos los claros que nos permitían estar al aire libre. y en esas pasó nuestro primer día en Riveira. 
El martes por la mañana lo dedicamos a la compra de avituallamiento. Sabíamos que no íbamos a zarpar de inmediato pero como teníamos que devolver el coche esa tarde, optamos por aprovecharlo para poder hacer el traslado de toda esa comida con mas sencillez. Embutido, latas de comida preparada, cremas y sopas fáciles de cocinar, agua, por supuesto, en gran cantidad, leche, café, en fin todo lo necesario para engañar el hambre mientras se navega. Por la tarde Paco decidió no acompañarnos a Santiago, ciudad donde se debía devolver la furgoneta y quedarse estibando y haciendo listas de lo que había en cada cofre. -El resto nos fuimos a visitar esa preciosa ciudad meta de tantos peregrinos. Como mi hermano veranea en Galicia desde hace muchos años y, casualmente, no demasiado lejos del pueblo donde estamos, yo había quedado con el para vernos. Tras los trámites para devolver el coche, Pepón y Susana  se fueron a pasear por su cuenta mientras que yo me encontraba con mi familia, incluida cuñada y sobrina (Ah, y perro). Unas horas de charla muy grata con ellos, aparte de la función de guía que me ofrecieron, y la compra de un sombrero para navegar, regalo de mi hermano, convirtieron esa tarde en un precioso recuerdo que atesorar para los próximos días. 


Sobre las ocho menos cuarto me llevaron en coche hasta la estación de autobuses, donde había quedado con mis compañeros, para volver a Riveira. El bus ya había salido pero sin legar a abandonar la estación así que osamos pedir por señas al conductor si podía abrirnos la puerta cosa a lo que, para mi asombro, accedió sin problema alguno. También hizo una parada extra para dejarnos delante del puerto al llegar al pueblo por lo que solo puedo decir que contribuyo mucho a la idea de amabilidad del pueblo gallego. Y así finalizó nuestro segundo día y también esta entrada pues narrar todo lo acaecido en estos días excede con mucho lo conveniente. 
Pero, amenazo, hay mucho más. 

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