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viernes, 2 de agosto de 2013

Primera salida como Patrón

La decisión me andaba rondando desde hacía semanas. De hecho, casi desde que llegamos al acuerdo para compartir los gastos del Eiren y por tanto, desde que dispongo de un barco para navegar cuando me apetezca, que suele ser diariamente. Sin embargo la prudencia (o el miedo puro y simple) me dictaba mantener mis ganas bajo control mientras practicaba bajo la mirada experta de su propietario o cualquier otro patrón que quisiera navegar conmigo. Pero el tiempo pasaba y ni el armador del Eiren tenia el tiempo que yo demandaba (no se lo reprocho, eh?) ni mis conocidos con experiencia en navegación a vela estaban tan disponibles como me gustaría para sustituirle (tampoco a ellos se lo puedo reprochar) .

Pero las ganas crecían y crecían ganando un espacio en mi ánimo que llegó a ocuparlo todo por completo: Debía  superar miedo y prudencia y atreverme a salir solo a navegar.

Bueno, el adjetivo "solo", no es del todo correcto. Mi mujer me acompaña, por supuesto, así que a lo que me refiero es al hecho de navegar con toda la responsabilidad de las decisiones, ordenando la maniobra, gobernando sin sentirte un mero robot que obedece las directrices que te indica otro, aunque reconozco lo mucho que así se aprende.

Pero a pesar de esa necesidad, el respeto al mar y algo que mi amigo Patxi me dijo en varias ocasiones: tienes que saber cuales son tus límites (y los míos, ahora mismo, son muy cortitos), me frenaban. Un día el viento era excesivo. Otro había nubes, otro...Comencé a pensar que la prudencia perdía terreno frente al miedo. Hasta que el treinta de julio de 2013, todo encajó a la perfección.



 Mientras conducía hasta la Caleta de Velez, puerto base del barco, no hacía mas que repasar mentalmente toda la maniobra: encender el motor, revisar los grifos, soltar el muerto de proa y, por último, largar las amarras que nos sujetan al pantalan. Motor al ralentí y maniobra lenta para tener tiempo de reacción. La teoría perfecta, la practica...ya veríamos.
Serían las seis de la tarde cuando llegamos al Eiren.  Debo admitir que, pese a mis esfuerzos por contenerlos, los nervios me comían. Pero la decisión estaba tomada: ese era el día. Un viento flojito de levante, fuerza dos, permitiría navegar con cierta seguridad, máxime teniendo en cuenta que nuestra pretensión era la de practicar solamente la maniobra de atraque, sin llegar a salir por la bocana del puerto, dejándome guiar por lo que otro gran marino, Carlos del velero Siroco10, me aconsejó: Dedica todo el tiempo que puedas a practicar las maniobras en puerto, es tiempo ganado.
 Cumpliendo escrupulosamente con todo el protocolo seguimos los pasos uno por uno hasta el momento en que,con María en la banda, armada de bichero y atenta a minimizar mis errores, solté la última amarra.
Por primera vez en mi vida, en nuestra vida, gobernaba una embarcación. Puede que muchos no entiendan la sensación que en ese momento experimentaba. Una intensa emoción de alegría, con pinceladas de preocupación o responsabilidad. Mas de treinta años esperando un momento como ese. Mas de tres décadas anhelándolo. Y ahora, casi por casualidad, me llegaba de improviso.



La salida fue bastante suave. El viento del este nos abría la proa separándonos del pantalán. Fuimos ciando hasta salir de la calle y ya fuera dimos de nuevo la vuelta para volver al amarre. Primero de proa. Fácil. Una llegada suave y sin conflictos. Vuelta a salir del amarre aunque en esta ocasión decidimos cruzar la bocana y salir a la mar para dar allí la vuelta.
Creo que fue el momento más hermoso de la tarde. Como digo un día perfecto para un novato como yo. Día luminoso, temperatura ideal, un mar apenas rizado por la brisa que hubiera sido ideal para desplegar la vela. No lo hicimos porque nos ceñimos estrictamente al plan previsto. Pero en el instante en que la proa de Eiren enfilaba el Sur y toda la línea del horizonte era agua salada la sonrisa se me plantó en la cara y ya no pude dejarla atrás. No soy capaz de transcribir con palabras la sensación. Es más, tampoco estoy muy seguro de querer hacerlo. Un sentimiento de pudor, de cosa íntima y personal, un regalo que el mar me hace solo para compartir entre los dos, eso es lo que supusieron esos pocos minutos que disfruté antes de dar vuelta al timón para regresar a puerto a intentar amarrar ahora de popa.

Eso fue harina de otro costal. La entrada de popa en la calle estaba controlada, pero al enfilar el amarre, esa brisita que nos ayudó en la salida empujaba ahora la proa hacia estribor. Eso unido a que llegábamos casi parados (debí aguantar un poco mas con el motor al ralentí para ganar un poco mas de impulso) hizo que decidiese abortar la maniobra para volver a comenzar. Otra vez los consejos de mi amigo Patxi ayudándome a tomar decisiones. Pero la segunda, aunque fue un poco mejor, tampoco logramos entrar. Eso si, como nos habíamos quedado casi, casi, terminamos de meter el barco en su hueco a base de brazos y mucho cuidado. Gran trabajo de mi tripulante ayudando y esforzándose al máximo. Manteniendo una calma que me asombra teniendo en cuenta que hace apenas dos años le temía al mar mas que a una vara verde. Excelente.
Estaba claro qué tipo de maniobra debíamos practicar mas asiduamente.
Haber roto la barrera entre navegar como tripulante o ejercer de patrón ha supuesto cruzar una frontera.Un punto de no retorno a partir del que se afianza, aun más si cabe, mi decisión de disfrutar en la mar gran parte del  tiempo y la energía de que dispongo.

Ese día no hicimos nada más. Ni nada menos. Vendrán muchos otros días, otras singladuras, otras practicas que supondrán otros retos, pero siento que esta primera vez se ha grabado en mi memoria de forma especial como parte de mi historia náutica: 30 de julio de 2013, nuestra primera singladura como patrones.

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